Hay personas que creen que si se repite una mentira muchas veces, al final se transforma en verdad, o al menos que se puede convencer a la gente de algo, incluso si ese algo está en contra de sus propios intereses. Solo hace falta tiempo y medios, medios de comunicación se entiende. Supongo que les funciona. Leí hace muchos meses en un artículo de “El País” unas declaraciones de un alto ejecutivo del Banco de Santander que me obligaron a mandar una carta al director del susodicho diario, y que naturalmente no publicaron. Las declaraciones venían a ser una vez más la misma cantinela que vengo oyendo desde hace tiempo, esta vez perpetrada por Alfredo Sáenz. Decía que hay que desmontar el estado del bienestar (“wellfare” según él) y reformar el mercado laboral en Europa cuanto antes para poder competir en una economía globalizada. Semejante iluminación solo puede venir dada por el cegador brillo del becerro de oro, deidad de una religión de sobra conocida y a la que sus sumos sacerdotes nos quieren convertir a todos con la promesa de que sólo uno mismo y no los demás tendrán el derecho a disfrutar de un espacio propio en la parte alta de la pirámide, llena de vino y rosas, todos ellos privados claro.
Eso de la flexibilidad laboral es algo que supongo ya aplica su entidad cuando “contrata” a becarios sin derecho a nada por 500 euros al mes. Como a la esposa de un amigo mío, total, es mujer, sobretitulada y encima ya estaba embaraza, así que no le renovaron la beca. Será por eso que su entidad va tan bien. O quizás va tan bien por tener a medio país hipotecado hasta la jubilación por culpa de unas ridículas viviendas. Perdón, si ya sé que quizás no tendremos ya ese derecho a la jubilación gracias a él, a los que son como él, a sus amigos y a los beneficios de todos ellos. Porque a ellos nunca les va mal ¿verdad? Es muy fácil medrar cuando se cuenta con capital inicial y pocos escrúpulos. Supongo que este individuo sería feliz en el siglo diecinueve siendo el avaro en alguna novela de Dickens (el año pasado llegó a ganar personalmente cerca de mil millones de pesetas, o si se prefiere más de cien mil pesetas por minuto), pero aunque vive en este siglo está más bien ocupado en el seguimiento de unas recetas casi Orwellianas. Es lo malo de creer saber demasiado inglés, al final sólo se copia lo malo.
Después de que la globalización haya sido aplicada durante años solo se ha conseguido que los países pobres sean más pobres y que en los países ricos los ricos sean más ricos mientras que los demás pierden los derechos conseguidos por todas las generaciones precedentes. Por eso propongo la desmantelación del sistema de globalización económica, un gobierno europeo democrático cuyo poder emane del pueblo, la reinstauración de aranceles a las mercancías y movimientos de capital y el castigo a los paraísos fiscales. Y eso solo para empezar. Por lo demás si el entretenimiento en las tonterías nacionalistas no nos hace perder el rumbo hacia la utopía que las izquierdas solían marcar, conseguiremos mantener al menos el derecho a una sanidad y educación públicas y gratuitas, a un puesto de trabajo estable, a una vivienda digna y asequible, el derecho a la búsqueda de la felicidad y el derecho a la libertad de expresión para poder defender los anteriores derechos. Tampoco es pedir mucho, al menos eso se asumía hasta hace poco.
No le voy a negar al señor Sáenz este último derecho de expresión (supongo que ya dispone de una buena vivienda); ni a un transplante de corazón gratuito en caso de que lo necesite, aunque sea gracias a un obrero muerto en accidente laboral. Ni siquiera a contar con empleados ya gratuitamente formados por el estado. Pero sí me gustaría pedir a los ciudadanos que tienen sus ahorros, hipoteca, o escasa nómica en el banco de Santander que lo saquen y se lo lleven a alguna caja o banco pequeño o lo metan en el colchón. Aunque solo sea para que el “señor” Sáenz no confunda los términos entidad y deidad.
Que los brillos del becerro de oro no os cieguen, son como cantos de sirena.