cebadaLos habitantes del interior siempre hemos envidiado a los costeros. Siempre hemos supuesto que su mar azul siempre era un límite, una frontera, una referencia, un lugar a partir del cual se definía todo lo demás. Si por una intervención divina fuera suprimido todo el resto carecería de sentido, sobre todo si vivías en la costa.
La Castilla mesetaria siempre careció de él, y prácticamente siempre también careció de bosques frondosos. Tenemos asociada esa región de España a grandes yermas planicies sin nada interesante en particular. Sin embargo hace años, en primavera, los cebadales tenían un intenso color verde hierba. Millones de largos tallos de cebada se levantaban al unísono en busca de no se sabe muy bien que y, a veces, el viento los mecía. No era difícil para un niño imaginar un inmenso mar de color verde cuyas olas producidas por el viento no tenían nada que envidiar a las aquellas otras de aquel otro mar azul. Realmente era un inmenso mar esmeralda y, a diferencia de los habitantes de la costa, tú podías estar fácilmente en medio de él, incluso dentro de él. Podías jugar al escondite o soñar mil aventuras tumbado en el suelo sobre una manta de hierba, mientras que los tallos y hojas te tapaban, dándote la necesaria intimidad y libertad en esos momentos de temperatura perfecta y aire limpio, más limpio y fresco de lo que nunca pudiste imaginar. Si esperabas lo suficiente podías ver una magnífica puesta de sol sobre ese mar y después contemplar miles de estrellas. (more…)