cebadaLos habitantes del interior siempre hemos envidiado a los costeros. Siempre hemos supuesto que su mar azul siempre era un límite, una frontera, una referencia, un lugar a partir del cual se definía todo lo demás. Si por una intervención divina fuera suprimido todo el resto carecería de sentido, sobre todo si vivías en la costa.
La Castilla mesetaria siempre careció de él, y prácticamente siempre también careció de bosques frondosos. Tenemos asociada esa región de España a grandes yermas planicies sin nada interesante en particular. Sin embargo hace años, en primavera, los cebadales tenían un intenso color verde hierba. Millones de largos tallos de cebada se levantaban al unísono en busca de no se sabe muy bien que y, a veces, el viento los mecía. No era difícil para un niño imaginar un inmenso mar de color verde cuyas olas producidas por el viento no tenían nada que envidiar a las aquellas otras de aquel otro mar azul. Realmente era un inmenso mar esmeralda y, a diferencia de los habitantes de la costa, tú podías estar fácilmente en medio de él, incluso dentro de él. Podías jugar al escondite o soñar mil aventuras tumbado en el suelo sobre una manta de hierba, mientras que los tallos y hojas te tapaban, dándote la necesaria intimidad y libertad en esos momentos de temperatura perfecta y aire limpio, más limpio y fresco de lo que nunca pudiste imaginar. Si esperabas lo suficiente podías ver una magnífica puesta de sol sobre ese mar y después contemplar miles de estrellas.
Aquel mar verde, aquel en el cual podías contemplar extasiado sus olas por un tiempo ilimitado, como quien contempla las llamas en un fuego, desapareció hace muchos años. Las nuevas variedades de cebada, más productivas, tienen el tallo muy corto. Ya nadie siembra la antigua variedad. Algunos dicen que esa nueva clase de cereales palió mucha hambre en el tercer mundo, pero aquí nos quitó algo de poesía.
Nuestra memoria es caprichosa. A veces, cuando queremos recordar algo en concreto no podemos, y otras veces nos asalta algún que otro recuerdo no solicitado. No sabemos muy bien qué es lo que dispara un recuerdo específico (puede ser incluso el olor de una magdalena). Podríamos quizás afirmar que nuestra memoria es frágil y que algunos de nuestros recuerdos incluso se diluyen en el olvido, porque aquello que los evocaba ha desaparecido. A veces, la capacidad de evocación venía dada por un olor o un sonido. Olores y sonidos que a veces ya están extintos.
Paseaba el otro día por Madrid y vi que un restaurante italiano, al que asocio con algunos de mis recuerdos, ha cerrado para no volver a abrir. Supongo que no era rentable, como la cebada de tallo largo.
Todos tenemos lugares de esos. Aquel parque, aquel bar, o aquel café donde te declaraste a alguien a quien amabas. O allí, donde tu hijo comenzó a andar por primera vez. O quizás ese banco donde tu abuelo tomaba el sol por la mañana.
Algunos de esos lugares todavía siguen allí, donde siempre estuvieron, pero otros han desaparecido para siempre. Quizás algunos de nuestros recuerdos también hayan desaparecido para siempre con ellos. Yo quiero pensar que no, después de todo no somos más que un puñado de recuerdos.
El mundo sigue su curso y nosotros, dentro él, también. No podemos pararlo. Sólo podemos, de tarde en tarde, parar nuestra propia inercia y pensar por un momento, puede que también recordar.
No es que esté nostálgico, puede que ni siquiera esté melancólico. Pero hoy al ver los cebadales, que ya no forman ningún inmenso mar verde y que en este año tan seco son ya más bien amarillentos, me vinieron algunos recuerdos.