He de reconocer que los psicólogos, psicoanalistas y demás fauna no me gustan nada. Creo que en realidad sólo son unos cuentistas, pocas veces ayudan a la gente y sobre todo presumen de tener unos conocimientos que en realidad no poseen.
Ya de por si es bastante ambicioso creer que se puede comprender una máquina tan compleja como la mente humana, pero aplicando el método que ellos utilizan difícilmente podrán alcanzar la meta. El principal problema es que en general no aplican el método científico (algunas veces sí). Mirando lo que algunas veces sale de la “caja negra” pretenden saber que es lo que entró y como es la caja negra por dentro sin abrir la caja negra. Cuando el sistema es muy sencillo algunas veces puedes crear un buen modelo con este método, pero para el caso de la mente humana se me antoja difícil. A veces, algunos de ellos son honrados y crean un entorno controlado, miden la respuesta ante determinadas situaciones y pueden llegar a hacer ciencia, incluso buena ciencia.
Pero los demás no se dedican a esto, se dedican simplemente a la explotación comercial del asunto. En un momento dado alguien pensó que eso de la psicología estaba bien, pero que lo importante era saber cómo se le sacaba provecho económico. Hay varias subespecies, yo sólo me centraré en un par de ellas.
La primera subespecie es el psicólogo industrial. Esta subespecie prolifera en el mundo empresarial y su nicho ecológico suele ser el departamento “de recursos humanos”, antes denominado “de personal”. Los más infames son los que se dedican a la selección de futuros empleados. Presumiendo de tener unos determinados conocimientos absolutos se dedican a decir quién puede y quién no puede trabajar para la empresa. En un país como este, donde hay ejércitos de desesperados intentando encontrar su lugar en el mundo (debido a un paro estructural que interesa que esté ahí por siempre jamás) esta subespecie de dedica generalmente a hacer la primera criba. Si por casualidad das algo raro en los test no encontrarás un trabajo decente nunca en la vida.
Los agoreros de la genética especulan sobre un futuro terrible donde, a través de nuestros genes, sabrán todo sobre nosotros; y si tienes posibles enfermedades genéticas se te discriminará. Pero eso ya pasa con los psicólogos y sus selecciones. Pero en este caso la discriminación se basa en un conocimiento más que dudoso y medido con unos simples tests. Test que por cierto son secretos, no sea que aprendamos a pasarlos.
No sé por qué se les contrata a ellos, o lo que es peor a las empresas que ellos crean, pues es un dinero malgastado. Si yo fuera empresario español (igual a ignorante, zafio y negrero) contrataría a un hechicero que tirando unos huesos me diera una predicción sobre alguien. La cosa quedaría más exótica y teatral, pasaríamos un buen rato y la fiabilidad sería la misma. La carta astral, las pruebas caligráficas y otras tonterías darían igual resultado.
La segunda subespecie es la de los psicólogos clínicos. Viven en dos tipos de nichos ecológicos: el entorno académico y el resto del mundo.
Empecemos por el que vive en el mundo académico. Alguien ya dijo que si no encuentras un problema para tu solución (la solución que en este tipo de casos siempre eres tú) lo ideal es inventarlo. De este modo, si eres un profe aburrido y/o fracasado y deseas salir en los medios, no hay nada como pertenecer a no sé que universidad desconocida de los Estados Unidos e iluminar a la humanidad con el descubrimiento de un nuevo tipo de enfermedad o trastorno mental. Así tenemos cosas como el síndrome de la falta de atención, la hiperactividad, el burned out, la adicción al móvil, a Internet, a los deportes de riesgo, al sexo… Si realmente los hiciéramos caso el 99% de la población estaría enferma; y todos nosotros, por tanto, estaríamos ya pasando por caja. No pasa una semana sin que leamos en los periódicos el “descubrimiento” de una de estas “enfermedades”. Todos tenemos nuestras manías y problemas, y esto nos hace humanos, no enfermos. Cuando lleguemos a la conclusión de que la gente no es perfecta todo nos irá mucho mejor, empezando por la relaciones de pareja.
Veamos la otra subespecie. Imaginaté que eres joven, que acabas de salir del Instituto y que por fin vas a la Universidad. Estás lleno de ideales y te decides a estudiar Psicología. Quieres saber los secretos de la mente humana, quieres conocerte mejor a ti y a los demás. Allí aprendes cosas, algunas son interesantes e incluso ciertas. No voy a negar el valor a todo conocimiento en Psicología. Además tienes escrúpulos y no quieres hacer Psicología Industrial. Quieres ayudar a los demás, y te decides por la Psicología Clínica.
Pero hay muchos psicólogos y al final tienes que vivir de algo. Así que montas una consulta. Hay nicho ecológico para ti, pues hay otras especies que lo han abandonado.
El mundo moderno puede llegar a ser bastante hostil. Creemos que tenemos amigos pero no podemos contarles nuestros problemas. A pesar de todo hablamos, pero nadie nos escucha. Y si alguien nos ha escuchado olvidará todo lo que le hemos contado en un abrir y cerrar de ojos, no sin antes haberte reprochado algo.
Nos explotan en el trabajo, no tenemos mucho tiempo libre y la hipoteca nos ahoga. Nuestra pareja no nos comprende y encima tenemos que dedicarle casi todo nuestro tiempo libre. En definitiva, somos carne de diván.
Como ya no somos religiosos el cura (que es gratis) no nos puede ayudar. El psicólogo y su consulta a 90 euros la hora se presentan como la solución. Pagamos para que nos escuchen. ¡Dios, qué triste!
También el psiquiatra nos puede recetar Prosaz. Noqueados de este modo, somos nosotros lo que nos adaptamos al mundo, en lugar de que sea el mundo el que se adapte a nosotros. Todo ello previo pago en la farmacia, claro.
Recuerdo una película en la que el protagonista se hacía pasar por psicólogo sin serlo y al final la gente se curaba de sus traumas. Sólo necesitaban sincerarse con alguien. Quizás sólo necesitemos a un amigo que nos escuche, no sé.
También puedes vegetar y estar siempre ocupado; y el poco tiempo libre pasarlo delante de la TV, no sea que pienses. Así, anestesiado, tampoco tendrás problemas; o lo que es lo mismo no serás consciente de ellos.
No digo que no haya gente con verdaderos problemas, necesitados de ayuda profesional, pero la mayoría somos simplemente humanos.
Nacemos, y no sabemos por qué estamos aquí. No entendemos la vida, a los demás, ni a nosotros mismos. La juventud pasa y con ella la sensación de inmortalidad. La vida es corta y sabemos que tarde o temprano vamos a morir. Nuestros sueños están rotos, y nosotros estamos frustrados. No sabemos lo que queremos o, si lo sabemos, no lo podemos obtener. Buscamos el amor y a veces éste no llega. Nos creemos especiales, pero la realidad nos dice otra cosa. Nos sentimos solos, y ni siquiera sabemos si preguntarse sobre el sentido de la vida tiene sentido. Pensadores y filósofos se han planteado todas estas cuestiones durante siglos sin hallar muchas respuestas. Un libro de autoayuda o el hechicero de la tribu, a veces llamado psicólogo, no te las va a responder.
A veces, un buen libro, una buena canción, o una buena película pueden arrojar un poco más de luz, y por un precio muy inferior.