nombre Tengo pocos rituales. Muy pocos si consideramos que soy una persona bastante atea. Sin embargo todos los otoños tengo uno laico que se puede decir que es un poco tonto: comerme la primera naranja de la temporada. Dicen que aprender a vivir consiste en apreciar las pequeñas cosas de la vida. No lo sé, no creo que la vida consista sólo en pequeñas cosas. Aunque algunas de ellas indudablemente ayudan.
Durante varios meses estoy esperando el momento en que aparecen las primeras naranjas de temporada. Para mí esa fruta, que en esta época está muy ácida, representa algo auténtico. Hay pocas cosas realmente auténticas. Quizás la otra sea el pan. Pero el pan se puede comer todos los días de año, no es estacional. Con la naranja no sucede. Quizás sea precisamente por eso que la primera naranja tiene un valor especial. Supongo que la expectación previamente creada es la que dota al momento de su magia.
El caso es que la pelo con cuidado y desgrano los gajos uno a uno según me los voy comiendo como si fuera un ritual. Así lo he hecho muchas veces, probablemente toda mi vida, y parece que cada vez es única y distinta. Naturalmente después de unas semanas deja de ser algo tan apasionante perdiendo parte de su interés, de su novedad.
Es difícil en esta vida encontrar el equilibrio entre novedad y seguridad, aburrimiento y aventura. Todos necesitamos un suelo firme donde poner el pie, pero también algo nuevo de vez en cuando. Probablemente retome este tema en el futuro. El caso es que las naranjas para mi son como una buena música. Al final también termina cansado, pero si la retomas al cabo de un tiempo suena muy bien.
El caso es que mientras los políticos hunden a este país, el cambio climático se carga al planeta y la pandemia de la gripe del pollo llama a la puerta para liquidar a millones de humanos yo me como una naranja. Y sé que durante ese breve tiempo nada me puede pasar. Sólo existe una naranja que alcanza proporciones cosmogónicas. Durante unos minutos mi mente no está ocupada en nada importante o personal. Ni tampoco tengo preocupaciones sobre mi trabajo, mi futuro o mi vivienda. Por unos momentos sólo existe el aroma de la naranja al ser pelada, su tacto al separar sus gajos y su intenso y ácido sabor. Supongo que con esa cosa tan tonta soy un poco feliz durante unos momentos.
A veces creo que el mundo seguirá siendo el mundo y seguirá hacia delante mientras halla naranjas, sobre todo si son las primeras de la temporada.