Casa Abro hoy el sobre plástico con el que viene recubierto el dominical de “El país” y descubro que una vez más hay un especial. Esta vez sobre arquitectura.
Siempre me ha reventado que este periódico autoproclamado progresista incluya tanto objeto de diseño ultracarísimo entre sus páginas. Nunca me expliqué cómo un comprador de este periódico se podía permitir el lujo de pagar unos cuantos miles de euros por una lámpara de diseño, por ejemplo. Me parecía que esta política contribuía a fomentar el deseo por las cosas inútiles, un consumismo desaforado e irracional cuya retroalimentación solo es explicable por la facilidad con la que aparentemente llenamos nuestras vidas carentes de contenido y sentido. Y por otro lado este sistema no hacía más que sembrar frustración en aquellos que no pueden pagar todas esas cosas.
Yo, en mi soberbia, me sentía ajeno a todo ello. Me he acostumbrado a una vida bastante espartana y puedo vivir sin demasiados lujos.
Pero soy humano, mea culpa, yo también soy de ellos. Al ver esas magníficas casa, ecológicas, modernas, de diseño, enclavadas en lugares idílicos no he podido evitar sentir la envidia y el deseo de poseer una de ellas.
De vez en cuando compro libros de arquitectura, es una de mis vocaciones frustradas (cometí un grave error) junto con la de piloto de aviones, pero en estos libros la exhibición es menos ostentosa, más racional, más técnica.
En el dominical de “El País” todo parece más tentador, más lujurioso. El caso es que deseo algo así. No quiero seguir viviendo en este agujero.
Un buen día a alguien le ocurrió demoler parte del edificio que esta a 0 milímetros 0 de mi bloque usando 2 martillos neumáticos 2, de la ganadería de Ruidos Madrileños SA. Así que cada día tempranito me levanto a ese peculiar toque de corneta. La mañana (trabajo de tarde) la paso dentro de mi piso alquilado de 33 metros cuadrados con tapones en los oídos, pero he descubierto que el sonido traspasa mi cráneo y las vibraciones las siento en la piel. Bueno, esto es solo un ejemplo ilustrativo de los cientos que convierte a este agujero del gueto de Legazpi en un infierno.
Pero mira tú por donde veo esas casas estupendas en el dominical, con sus infinitos metros cuadrados, con sus sistemas alternativos de conservación y obtención de energía y las deseo. Una de esas casas está dentro de un bosque de cedros (¿Cómo se consigue el permiso para eso?), otra en pleno campo verde australiano, varias tienen piscina, o jardines interiores, o estanques, o patio gigante… Y yo deseo todo eso.
Me pregunto qué es lo que he hecho yo para terminar así y lo qué han hecho esas personas para vivir en esas casas.
Ya está, ya lo han conseguido, ya me han convertido en un frustrado. A veces creo que la vida esta compuesta de un 75% de frustración (no me preguntéis sobre el otro 24%). Una vez leí la definición de frustración en un manual de filosofía, era algo así: Estado de insatisfacción en el que se encuentra el individuo al no recibir aquello a lo que cree tener derecho.
Pues eso, no me frustro cuando veo ferraris en las revistas de automóviles, pero sí cuando veo casas estupendas. Creo tener derecho, pero probablemente esté equivocado, no sé.
Me descubro teniendo ciertos sentimientos negativos en este proceso, así que utilizo este blog como una especie de autoterapia de grupo unidireccional.
Un personaje de una película de Woody Allen dice “Dios es un lujo que no me puedo permitir” en un contexto que los que hayan visto la película ya conocen (Delitos y Faltas) y me pregunto si hay que ser medianamente acomodado o moderadamente feliz para tener buenos sentimientos. Quizás los buenos sentimientos son un lujo que no me puedo permitir, no sé.
De momento me siento de maravilla cuando me bajo con Emule la música que no puedo pagar (ahora estoy escuchando un disco estupendo de la Blue Note). No es solamente la música en sí, realmente me gusta la sensación de no pagar por algo que me gusta. Es como un mecanismo mental de compensación.

PS
El 1% es ese porcentaje que siempre te falta. Ninguna vida está completa, creo yo.