Mi trabajo habitual y otras responsabilidades casi no me dejan tiempo para otras cosas. De hecho, prácticamente no veo televisión. Naturalmente consumo productos audiovisuales, pero éstos no me llegan en general a través de ese medio. Sin embargo algunas veces veo los informativos.
Hoy después de ver el telediario de La 2 he dejado accidentalmente la televisión encendida y para mi sorpresa, en pleno “prime time”, han colocado un programa absolutamente infame. Este programa consiste en que se entrevista a una serie de personajes de la vida “cultural” y acto seguido se hace una lectura de las cartas del tarot.
Uno de ellos era el director de cine Santiago Segura, habilidoso hombre de negocios, experto en venderse a si mismo y a sus productos a la mínima oportunidad, se presente ésta como se presente. De la calidad de las películas de este simpático personaje, y en consecuencia del gusto cinematográfico del público que las ve, no voy a hablar. No se trata de eso.
El segundo personaje que entrevistaron era una supuesta experta en sexualidad que gastó casi todo su tiempo en hablar de las maldades de la ciencia, para después hablar paradójicamente de la molécula de la testosterona mientras que se administraba la hormona delante de las cámaras como un método reivindicativo.
Ambos sujetos, una vez finalizaron la entrevista, se prestaron al jueguecito del tarot. Una pitonisa interpretaba las cartas con clara manipulación para que de algún modo la predicción tuviera algo que ver con lo dicho en la entrevista. Menos mal que no se extendía mucho.
No importa quienes sean los personajes entrevistados, podrían ser serios y honestos que en el momento de prestarse a la lectura del tarot perderían toda credibilidad.
Si La 2 fuera una televisión privada nada habría que objetar a este comportamiento. Se supone que toda emisora de televisión tiene derecho a llenarse los bolsillos alimentando con basura a millones de coprófagos de subcultura. Lo malo es que La 2 es una televisión pública mantenida con el dinero del estado que proviene de los impuestos que pagamos todos los españoles. Y esto sucede después del famoso plan democratizador del ente público, de su saneamiento y del famoso comité de sabios.
No sé quién es la persona que dirige el ente o planifica la programación, pero denota un bajísimo nivel intelectual. Y lo que es peor denota la ignorancia (quiero pensar que sólo se trata de eso) del político que lo ha colocado en el cargo.
La misma cadena emitía sólo dos programas de difusión de la ciencia: Redes y A Ciencia Cierta. Estos son los dos únicos programas de este tipo que se emiten en abierto en todo el territorio nacional. La 2 ha relegado estos dos programas a un horario infame de madrugada mientras da cancha a pitonisas del tarot de acento exótico. No hablaré de los programas de cotilleos y chismes que también emite el ente público, pues ese es otro tema.
Se puede estar o no de acuerdo con el estilo que Punset imprime a su programa Redes, pero lo lógico es que si no es bueno lo mejor que podrían hacer es quitarlo y poner otro de mejor calidad o con un estilo diferente si la fórmula se ha agotado; y no que lo manden al hiperespacio de la madrugada donde, dicho sea de paso, habitan maravillas como las películas clásicas y en versión original. Supongo que los ciudadanos instruidos e informados son peligrosos o votantes duros, y quizás esa sea la razón de esta estrategia, pues alguien cansado de trabajar no va quedarse a ver la televisión hasta las dos de la madrugada.
Parece ser que con emitir por quincuagésima vez cómo el león del Serengueti caza la gacela de turno o el cocodrilo se come al ñu en su emigración anual ya cumplen con la cuota científica. Con un gobierno tan presto a la imposición de cuotas de discriminación positiva parecería que habría más apoyo a la difusión de la ciencia, pero no. Tampoco entraré con el apoyo que presta a la ciencia en sí.
Mala ya es la educación general en escuelas e institutos, donde no hay pensamiento crítico y donde se avala el pensamiento irracional y mágico sin que en ningún momento se hable en contra de las pseudociencias, pero si esto se sigue alimentando a través de la pantalla catódica, de plasma mal vamos, sobre todo si es pública, llámese La 2 o Telemadrid (otra que tal baila).
Con la excusa de que se tiene que emitir de todo y para todos los públicos el ente vierte al éter basura regurgitada por necios para el solaz disfrute de una audiencia aborregada de pensamiento nulo que se revuelca en la más absoluta autocomplacencia.
Lo más alucinante es que cuando esta gente del mundo paranormal (me resistiré a colocar una a y dos espacios en blanco entre la a y la n) quiere hablar a las masas utiliza la televisión, que es un producto de la ciencia, en lugar de utilizar la telepatía cómo sería lo adecuado. Van al médico y al cirujano cuando se encuentran mal en lugar de acudir a un experto en imposición de manos. Usan el correo electrónico y los mensajes de móvil en lugar de mandar cartas escritas con sangre. Se alumbran con luz eléctrica en lugar de hacerlo con su aura. Y encima acusan a todos los demás de ser cerrados de mente o de ser unos inquisidores. Basan todos sus ingresos económicos en una mentira y nadie parece hacer nada, porque a la mayoría de la gente le gusta creer en este tipo de tonterías. Hay un timo permanente y monumental que mueve más dinero que las estafa de los sellos y nadie hace nada, incluso se alimenta con programas de televisión pagados con nuestros impuestos. Será que la sarna con gusto no pica. Mucha gente vive en un universo mágico cuando el mundo de verdad pasa a su lado sin que les deje la más mínima huella.
El pensamiento científico es el único que no está basado en dogmas, el único contrastable con pruebas objetivas. Es el único sistema que nos permite salir de la caverna y conocer el mundo a través de interaccionar con él. Nos permite además apreciar la belleza del mundo y su poesía interna. En los momentos actuales en los cuales los intelectuales se han extinguido o desparecido quizás las únicas voces críticas que puedan surgir, si queremos, sean las de los que cada día contrastan las teorías propias y ajenas con experimentos y cuyos trabajos están bajo la lupa de sus colegas.
Las personas de formación científica tendemos a menospreciarnos cuando nos comparamos con personas de humanidades, quizás sea por la mejor utilización del lenguaje de éstas, quizás porque son capaces de citar a cuatro autores de seguido, no sé. Pero si nos comparamos con los periodistas que hacen estos programas o con los políticos que los autorizan no tenemos nada que temer.