El otro día vi una película donde una vez más salía la ciudad de Nueva York. En realidad no era una película muy buena, era simplemente correcta. Quizás hubiera salido mejor si el guión hubiera estado más perfilado. Pero, aun así, la ciudad salía maravillosa.
Como en toda película norteamericana la factura era perfecta y la fotografía muy lograda. Recuerdo unos planos aéreos nocturnos desde un punto de vista totalmente zenital y los edificios pasando debajo, al ritmo de una música lenta, como en procesión. También recuerdo un plano en el cual los rascacielos al otro lado del Hudson reflejaban en sus fachadas acristaladas la luz rojiza de la puesta del sol. A los que nos gusta la fotografía sabemos que captar ese momento es muy difícil por lo sumamente breve que es ese instante. Sacas la cámara, ajustas la velocidad, calculas la abertura y cuando quieres recordar ya casi no queda tiempo para disparas unas fotos, incluso una nube mal colocada puede, súbitamente, estropear ese mágico instante. Me pregunto cuantos días gastó el director esperando a tener el día y la luz adecuados para esa toma. Todo para crear una imagen, un concepto, una idea simbólica de lo que es una ciudad. La realidad será otra cosa, la realidad tendrá su suciedad, sus guetos, sus mendigos e incluso sus vómitos sobre las aceras. Pero, ¿a quién le importa la realidad?
Esto viene a cuento porque lo que de verdad me planteo es por qué vamos al cine, qué buscamos cuando nos sentamos en la gran sala (a veces no tan grande, por desgracia) oscura. Supongo que cada cual buscará cosas diferentes, dependiendo del momento, del estado de ánimo y de tu propia idiosincrasia.
El caso es que algunas veces queremos que nos saquen de la realidad y que en esa habitación oscura empecemos a soñar con otro mundo distinto al habitual. Abstraernos de nuestras vidas por un momento, de nuestro vulgar trabajo, de nuestras corrientes amistades, de nuestra pesada familia, e incluso de alejarnos de nuestra pareja y vivir en otra ciudad, en otro país, otra vida más interesante. Meternos en la pantalla como Alicia a través del espejo.
Supongo que al cabo de un tiempo algunos tenemos la mirada cansada, no de tanto mirar, sino de ver siempre lo mismo, las mismas calles, los mismos edificios, las mismas caras. Nada de fuera estimula suficientemente nuestra mente, ni una chispa entre tanta red neuronal. Necesitamos cambiar de paisaje, de aires. Puede que, si tu cartera te lo permite, incluso te decidas a hacer un viaje en busca de eso. En busca de eso que viste en tantas películas, en tantas series de televisión. O incluso puede que, en un ataque de valentía, te decidas a vivir allí, al otro lado y dejes esto atrás. Pero, tal vez, la realidad allí no se corresponda con tus sueños. Porque todos sabemos que los sueños son inalcanzables por definición y nosotros, insatisfechos por naturaleza, buscaremos una nueva frontera que estará siempre más allá de donde podemos ver.